La Monja de las Azucenas

La Monja de las Azucenas

La Monja de las Azucenas

Contar historias verdaderas, o no verdaderas que al final se vuelven reales, es una forma de conectar con nuestros sentimientos, las historias tienen el poder de transmitir valores, preservar recuerdos y construir una identidad compartida. 

Estas narrativas pueden inspirar, consolar y dar sentido a nuestras vidas. 

Por eso voy a compartir esta bellísima historia que me hicieron llegar. 

“En una sala iluminada por la luz suave de la tarde, una persona muy querida cierra los ojos y recordando el pasado, revive el sonido del piano de su abuela”. 

Han pasado 60 años desde que ella partió, pero su recuerdo sigue vibrando en su memoria. Más que una abuela amorosa y una esposa ejemplar, ella fue una artista silenciosa, una mujer que resplandecía entre partituras, operas y palabras escritas con su pluma. 

La autora de esta historia es la Señora María Libia Zapata de Hinojosa, la cual yo transcribo literalmente para compartirla con mis lectores. 

La Monja de las Azucenas 

Entre los muros de un gran convento, moraba un alma pura, noble, agobiada por la desesperación y la pena. 

Casi a todas las horas del día, veiase en los jardines de aquel claustro la silueta enlutada de una monja joven que paseaba lentamente bajo la placida sombra de los árboles: era su figura delicada, grandes los ojos negros siempre nublados por las lágrimas y profundo y triste el pálido semblante. 

Las religiosas reclusas adivinando que un pesar terrible la mataba, con afecto y cuidado procuraban mitigar el secreto mal que ella no revelaba, pues si la demacración del rostro, las profundas ojeras que circundaban los ojos, decían claramente su pena, jamás sus labios pronunciaron en queja, callaban siempre. 

En medio de uno de los prados del convento, en el que florecían diversas plantas, una mata de azucenas se erguía magnifica, la monja triste la había sembrado, afecta a las flores que era su único consuelo, cuidaba preferentemente aquellas que su mano había hecho florecer. Confundida con las azucenas y las rosas, con las flores del jardín, pasaba tranquila ratos de éxtasis. 

Una noche, azoto un viento tempestuoso, el aire silbaba, crujían las puertas, rumores misterioso recorrían los pasillos y las bóvedas, la joven monja recluida en su celda pensó en sus flores y al elevar sus preces al creador rogo también por ellas; aquella noche estaba febril, recuerdos amargos de su vida habían venido a inquietarla; los ayunos y la oración la tenían débil a tal punto, que comenzó a delirar “ Mis  flores, mis flores” exclamaba, y ya fuera de sí quiso verlas, confundirse otra vez con ellas. En su delirio, levantose sigilosa, se envolvió en su manto y se dirigió al jardín. 

La dudosa luz del día comenzaba a iluminar tenuemente, el viento había casi calmado ya. La monja guiada por la claridad del amanecer llego junto a las flores. El aire había hecho pocos destrozos de las plantas, pero las azucenas tronchas, amarillentas y marchitas, colgaban de sus tallos. Como fantástica visión paso por la mente de la joven toda su vida de penas, ella acababa marchita también, destrozada, el corazón hecho pedazos, las ilusiones y las esperanzas quebrantadas. 

La causa de su mal fue la pena que sintió al comprender que amaba en vano, que el hombre a quien había entregado su cariño era indigno de él, y joven aun, vio abrirse ante sus ojos la realidad dolorosa, y siguió viviendo, pero ya con el alma muerta. Para huir de ese sentimiento, queriendo olvidar entró al convento, pero aun de la soledad del alejamiento y de la oración, la imagen del hombre adorado persistía en la memoria, el recuerdo de los momentos que a su lado había pasado los tenía presentes y este amor infinito, ardiente, unido al cruel desengaño que llevo, consumieron su ser. Al igual de las flores devastadas por el viento, cuando todavía no abrían por completo sus corolas yacía ella tronchada por el dolor en la plenitud de su belleza, de su juventud y de su vida. Doblándose las rodillas con temblorosas manos acaricio los pétalos desechos y elevando los ojos al cielo oro implorando desde el fondo de su alma perdón para el infame que la mataba. Él llanto al resbalar quemaba sus lívidas mejillas y sintiendo que la vida le abandonaba se dejó caer sobre el verde césped salpicado de roció. En la agonía murmuro el nombre amado, para él su último pensamiento, el postrero suspiro, y allí entre las flores, bajo las muertas azucenas, símbolo de su vida, bañada por el crepúsculo matinal parecía dormida arrullada por el canto de los pájaros. La faz tranquila reflejaba el término del sufrimiento. 

Su espíritu había volado al seno del creador. 

Profa. Mayra Núñez P. 

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