Redacción: Inés Arroyo
A tres décadas de su publicación, *Los rituales del Caos* sigue siendo una de las obras más representativas para entender la complejidad de la Ciudad de México. Carlos Monsiváis, a través de su aguda mirada, no solo describió la urbe, sino que también capturó los símbolos, las figuras y los lugares que definen su identidad.
Para Monsiváis, la Ciudad de México es ante todo una ciudad de multitudes, donde cada espacio se convierte en un escenario de rituales urbanos. El Metro, con sus 4.5 millones de usuarios diarios, es el primer gran símbolo de esta urbe caótica. Para él, el Metro no es solo un medio de transporte, sino un reflejo del espíritu colectivo, un lugar donde se concentra la vida de millones de personas. La Basílica de Guadalupe y el Palacio de los Deportes también ocupan lugares clave en este mapa cultural, siendo el primero un centro de espiritualidad y el segundo un escenario para la emoción juvenil y el entretenimiento.
Entre las figuras que Monsiváis menciona, El Santo destaca como un ícono de poder y popularidad, una figura mítica que, aunque lejos de los escenarios, sigue presente en el imaginario colectivo. Luis Miguel, por su parte, es otro de los grandes símbolos de la cultura mexicana, capaz de conectar con diversas generaciones. Aunque la llegada de Madonna a México generó controversia, su visita también dejó una huella profunda, demostrando cómo los fenómenos internacionales se convierten en parte de la cultura local.
Los símbolos religiosos, fundamentales en la identidad mexicana, también ocupan un lugar importante en *Los rituales del Caos*. La Virgen de Guadalupe sigue siendo un pilar de la religiosidad mexicana, mientras que el niño Fidencio, un Cristo nacional, se consolida como otro referente simbólico. El Papa Juan Pablo II, por su parte, deja una marca imborrable al identificar a los mexicanos como un pueblo apasionado, capaz de rezar, cantar y gritar con fervor.
*Los rituales del Caos* es, en definitiva, un retrato de una ciudad que, a pesar de los cambios, sigue siendo fiel a su caos y a sus rituales. Monsiváis, con su mirada única, logró plasmar en sus páginas el alma de una urbe vibrante, caótica y profundamente conectada con su gente. Hoy, a 30 años de la publicación del libro, su legado sigue vivo, no solo en las palabras de Monsiváis, sino también en cada rincón de esta ciudad que nunca deja de reinventarse.
