Redacción: Samuel Giraldo
Un informe global revela que casi la mitad de los adultos jóvenes enfrenta problemas de salud mental de relevancia clínica. Se advierte sobre una brecha generacional en aumento y se señalan factores principales de la crisis como los vínculos familiares debilitados, menor espiritualidad, mayor uso de smartphones y el consumo de ultraprocesados.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la salud mental como un estado de bienestar que permite a las personas afrontar las tensiones cotidianas, desplegar sus capacidades, aprender, trabajar y aportar a su entorno. No se trata únicamente de la ausencia de trastornos, sino de un componente esencial para el desarrollo individual y colectivo. Además de su valor en la vida diaria, constituye un derecho humano básico. Bajo esta premisa, distintos estudios internacionales han comenzado a advertir un deterioro sostenido en el bienestar psicológico, especialmente entre las generaciones más jóvenes.
El informe titulado Global Mind Health Report 2025 encendió una señal de alarma al revelar que casi la mitad de los adultos jóvenes presenta dificultades de relevancia clínica en su salud mental, una proporción que cuadruplica la registrada en sus padres y abuelos. Esta investigación, considerada una de las más amplias en su tipo y desarrollada por el Global Mind Project de Sapien Labs, señala que las personas de entre 18 y 34 años muestra una disminución progresiva. La tendencia, lejos de revertirse, se profundizó durante la pandemia de COVID-19 y no ha logrado recuperarse por completo.
La medición central del estudio es el Cociente de Salud Mental (MHQ), un indicador que evalúa habilidades emocionales, sociales y cognitivas junto con la presencia de síntomas que afectan el funcionamiento cotidiano. Mientras los mayores de 55 años se ubican cerca del valor de referencia considerado saludable, los jóvenes exhiben un descenso persistente en sus puntajes. De acuerdo con los investigadores, esta brecha intergeneracional se amplía año tras año y responde a transformaciones profundas en el estilo de vida contemporáneo.
El análisis identificó cuatro factores clave que explican hasta tres cuartas partes del fenómeno. En primer lugar, el debilitamiento de los lazos familiares, entendidos como la cercanía y la calidad de las relaciones dentro del hogar. Las personas que mantienen vínculos sólidos presentan mayor capacidad para afrontar dificultades y menos síntomas depresivos. En segundo término, la disminución de la espiritualidad, no necesariamente vinculada a la religión, sino a la conexión con propósitos, la naturaleza o actividades significativas. Este componente se asocia con una menor tendencia a conductas autodestructivas. El tercer elemento es el uso cada vez más constante y temprano de teléfonos, cuya exposición se relaciona con mayores problemas emocionales en la adultez. El cuarto elemento es el consumo habitual de alimentos ultraprocesados que aparece como un factor transversal que puede explicar entre el 15% y el 30% de la carga total de dificultades mentales.
En Latinoamérica se observan matices particulares. Aunque los adultos mayores mantienen niveles relativamente altos de resiliencia, los jóvenes muestran un deterioro similar al de otras regiones. Países como Argentina se ubican en posiciones intermedias dentro del ranking global, con una marcada diferencia entre generaciones. Otros países hispanohablantes también destacan por la fortaleza de los vínculos familiares en los mayores, lo que sugiere que ciertos rasgos culturales todavía actúan como factores protectores.
Los expertos advierten que el fenómeno resulta más pronunciado en naciones desarrolladas, donde incluso el aumento del gasto en atención psicológica no ha logrado revertir la tendencia. Esto indica que el problema no puede abordarse únicamente desde el tratamiento clínico, sino que requiere intervenciones estructurales que atiendan las causas de fondo. De no hacerlo, el impacto social podría ser profundo, poniendo en riesgo de que los jóvenes presenten dificultades para afrontar la vida cotidiana comprometiendo no solo su bienestar individual, sino también el entorno social y su desarrollo en las comunidades.

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