Redacción: Ximena Zarahi Moreno Luna
Un amplio estudio en Inglaterra revela que la mayoría de las personas con reservas frente a la vacuna contra la COVID-19 cambió de postura con el paso del tiempo. La información confiable y el acompañamiento médico fueron factores decisivos.
Un análisis realizado en Inglaterra evidenció que la reticencia inicial hacia la vacuna contra la COVID-19 no fue una barrera definitiva para la mayoría de las personas. De acuerdo con un estudio publicado, aproximadamente el 65% de quienes manifestaron dudas al inicio del proceso de inmunización finalmente recibió al menos una dosis, lo que subraya la relevancia de la información científica y la comunicación en salud pública.
La investigación fue desarrollada por el Imperial College de Londres a través del programa REACT (Real-time Assessment of Community Transmission), uno de los estudios más amplios a nivel internacional sobre percepción y comportamiento vacunal. El análisis contempló datos de más de 1.1 millones de adultos y siguió la evolución de la reticencia entre enero de 2021 y marzo de 2022, vinculando posteriormente esta información con registros oficiales de vacunación hasta mayo de 2024.
De la muestra total, cerca de 38 mil personas, equivalente al 3.3%, expresó algún grado de vacilación frente a la vacuna. Sin embargo, las cifras muestran que casi dos terceras partes de este grupo terminaron por vacunarse. Para los investigadores, este resultado demuestra que la duda no siempre implica un rechazo permanente, sino que en muchos casos responde a inquietudes específicas que pueden resolverse con el tiempo.
El estudio detalla que la reticencia alcanzó su punto máximo al inicio del despliegue de las vacunas, en enero de 2021, cuando alrededor del 8% de los encuestados manifestó dudas. Conforme avanzó la campaña de inmunización y se acumuló evidencia sobre la seguridad y efectividad de las vacunas, este porcentaje descendió de forma sostenida hasta llegar a un mínimo del 1.1% a principios de 2022. Durante la aparición de la variante ómicron se registró un ligero repunte, con un 2.2%, lo que refleja cómo los contextos epidemiológicos influyen en la percepción del riesgo.
Entre los principales motivos de vacilación, los especialistas identificaron ocho grandes categorías. Las más frecuentes estuvieron relacionadas con el temor a los efectos adversos, tanto inmediatos como a largo plazo, así como la necesidad de comprobar la efectividad de las vacunas antes de tomar una decisión. Según el análisis, el 41% de las personas expresó preocupación por posibles consecuencias a largo plazo, el 39% prefirió esperar para evaluar resultados y el 37% manifestó inquietud por reacciones inmediatas.
Otros factores relevantes incluyeron la percepción de un bajo riesgo personal de enfermar gravemente, el antecedente de haber tenido COVID-19 y la desconfianza hacia las farmacéuticas o los desarrolladores de las vacunas. Asimismo, se identificaron miedos relacionados con la fertilidad, el embarazo y la lactancia, experiencias previas de reacciones adversas a otras vacunas, dificultades logísticas y, en algunos casos, la decisión de no expresar los motivos de la reticencia.
Desde una perspectiva demográfica, la investigación mostró que la vacilación fue más común en zonas económicamente desfavorecidas, entre personas desempleadas, con menor nivel educativo y en grupos étnicos no blancos. Las mujeres reportaron mayores dudas que los hombres; sin embargo, estudios complementarios publicados en Nature señalan que ellas fueron menos propensas a permanecer sin vacunar, ya que muchas de sus preocupaciones estaban asociadas a etapas temporales como el embarazo o la lactancia.
En contraste, los adultos mayores y quienes mantenían una postura antivacunas sostenida mostraron mayor resistencia al cambio. Para la profesora Helen Ward, del Imperial College, una parte importante de quienes modificaron su decisión lo hizo tras resolver dudas específicas mediante información confiable o la orientación directa de profesionales de la salud, lo que reafirma el valor del acompañamiento médico.
El estudio también advierte que existe un grupo reducido que mantuvo su rechazo de manera persistente. En estos casos predominó la baja confianza en la medicina, la percepción de escaso riesgo frente al virus y experiencias personales previas con la enfermedad, factores que dificultan la aceptación incluso ante campañas informativas intensivas.
Para el epidemiólogo computacional Marc Chadeau-Hyam, estos hallazgos permiten diseñar estrategias de vacunación más precisas, enfocadas en los perfiles cuyas dudas pueden superarse con intervenciones dirigidas. Identificar los distintos tipos de reticencia, subraya, es clave para fortalecer la prevención de enfermedades infecciosas.
Las conclusiones adquieren especial relevancia ante el resurgimiento de enfermedades prevenibles por vacunación, como el sarampión. Especialistas del Imperial College alertan que la experiencia de la pandemia deja lecciones fundamentales sobre la importancia de la comunicación clara, la transparencia y la confianza pública para proteger la salud colectiva frente a futuras emergencias sanitarias.
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