La tecnología no vota, pero sí puede inclinar la cancha 

La inteligencia artificial no va a reemplazar a los políticos. Algo aún más inquietante puede ocurrir: que transforme a los ciudadanos en perfiles predictivos y la deliberación pública en una operación de persuasión invisible. 

La discusión sobre inteligencia artificial (IA) y política suele formularse con una pregunta impactante: ¿podrá una máquina gobernar mejor que una persona? El interrogante correcto, desde el Derecho Político, es otro: ¿qué sucede con la soberanía popular cuando cada elector recibe una realidad política diseñada a su medida por sistemas que no puede ver, comprender ni impugnar? 

La IA ya puede redactar discursos, producir imágenes y videos sintéticos, traducir programas, identificar tendencias y segmentar audiencias. Estas capacidades pueden ampliar la participación, pero también fragmentar el espacio público. La democracia necesita ciudadanos capaces de discutir asuntos comunes; el marketing algorítmico, en cambio, prospera cuando cada persona recibe un mensaje distinto, emocionalmente calibrado y difícil de auditar. 

La UNESCO ha identificado cuatro zonas críticas: el nuevo espacio público digital, la política del big data, la conversación democrática y la gobernanza algorítmica. No se trata de rechazar la tecnología, sino de reconocer que la infraestructura digital ya interviene en la formación de la voluntad política. 

La propaganda tradicional podía ser cuestionada por ser pública. Un cartel, un mitin o un anuncio de televisión permitía identificar al emisor y confrontar su mensaje. La IA introduce una mutación: la persuasión puede personalizarse, automatizarse y volverse efímera. Dos votantes pueden recibir promesas incompatibles sin saber que forman parte de una estrategia coordinada. 

Por eso, la transparencia del contenido ya no basta. No basta con advertir que un video fue generado artificialmente. También debemos conocer quién pagó, qué datos se utilizaron, a qué audiencia se dirigió el mensaje y con qué objetivo. La Unión Europea ya avanzó en esa dirección: su Reglamento 2024/900 exige identificar la publicidad política, informar quién la financia, señalar su costo y revelar la audiencia objetivo cuando se emplean técnicas de segmentación. 

La pregunta disruptiva es si debemos reconocer una nueva dimensión de la libertad política: la integridad cognitiva del elector. No significaría proteger a la ciudadanía de toda opinión incómoda ni establecer una censura tecnológica. Significaría impedir que decisiones electorales relevantes sean manipuladas mediante perfiles secretos, falsedades sintéticas o estímulos diseñados para explotar vulnerabilidades personales. 

El debate no puede quedarse en declaraciones éticas. Necesitamos instituciones capaces de hacer visible la intervención algorítmica. 

Propuesta de Reforma Finalidad democrática 
Huella de IA electoral Obligar a partidos políticos, personas postuladas en una candidatura y a gobiernos a declarar modelos, proveedores, datos, contenidos sintéticos y criterios de segmentación utilizados. 
Debido proceso algorítmico Garantizar aviso, explicación, registro, auditoría y derecho de impugnación cuando una decisión automatizada afecte derechos políticos. 
Repositorio público de anuncios Conservar anuncios políticos digitales, versiones dirigidas a distintos públicos, financiamiento y métricas esenciales. 
Contralor algorítmico de debates Auditar en tiempo real cifras, simulaciones y promesas producidas o amplificadas mediante IA, sin sustituir el juicio periodístico. 
Derecho a la deliberación no personalizada Asegurar que cada ciudadano pueda consultar programas y mensajes políticos en versiones comunes, no únicamente en contenidos adaptados a su perfil. 

La propuesta más transformadora es la segunda. Si una administración utiliza IA para asignar beneficios, vigilar espacios públicos o clasificar riesgos políticos, la persona afectada debe poder saberlo y cuestionarlo. El Convenio Marco del Consejo de Europa -abierto a firma en 2024- establece precisamente principios de dignidad, igualdad, privacidad, transparencia, responsabilidad y supervisión, además de derechos para impugnar decisiones basadas sustancialmente en IA. 

El riesgo no reside únicamente en una máquina que “decida” una elección. También está en la desigualdad de capacidades. Los partidos con más recursos podrán entrenar mejores modelos, comprar más datos, producir miles de variantes de un mensaje y experimentar con emociones en tiempo real. La próxima brecha política podría no ser ideológica, sino computacional: entre quienes pueden personalizar la realidad y quienes solo reciben la realidad diseñada por otros. 

La respuesta democrática debe ser doble. Primero, regular el poder privado y el estatal mediante trazabilidad, auditorías independientes, límites a la segmentación y sanciones efectivas. Segundo, democratizar el acceso a la IA mediante herramientas públicas para comparar programas, detectar contradicciones, traducir propuestas a lenguas indígenas y facilitar la participación de personas con discapacidad. Una IA cívica, abierta y verificable podría fortalecer la ciudadanía en lugar de convertirla en materia prima de campañas opacas. 

El futuro no debería ser una democracia gobernada por algoritmos ni una democracia enemiga de ellos. Debería ser una democracia con algoritmos subordinados al Derecho, a la dignidad humana y al control ciudadano. La cuestión decisiva no es si la IA entrará en la política: ya lo hizo. La cuestión es si llegará como instrumento de emancipación pública o como una autoridad invisible que aprende a persuadirnos antes de que aprendamos a defendernos. 

Mtro. Antonio Horacio Gamboa Chabbán 

Presidente del Colegio de Abogados de América Latina COTAL, A.C. 

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