Redacción: MaJo Gutiérrez
La expresión “parece hecho por ChatGPT” se ha vuelto una crítica común, connotando pereza y mediocridad en lugar de la inteligencia superior que se prometía. A casi tres años de su irrupción, la inteligencia artificial (IA) no ha desatado ni las revoluciones ni los apocalipsis anunciados por las grandes tecnológicas. Pese a que se ha integrado en nuestra vida diaria, sus resultados son a menudo decepcionantes. Como la describe Daron Acemoglu, premio Nobel de Economía, la IA se ha convertido en una “tecnología ni fu, ni fa”, un despliegue masivo de herramientas que, aunque avanzadas, demuestran ser poco confiables, provocando una desconfianza generalizada en la sociedad.
Los fallos de la IA se manifiestan en múltiples ámbitos, desde lo cotidiano hasta lo más grave. Los ejemplos abundan: abogados que citan jurisprudencia inexistente, videos falsos que engañan a turistas, o chatbots que difunden discursos de odio. Los desarrolladores informáticos, en lugar de acelerar su trabajo, a menudo se ven obligados a corregir los errores de estas herramientas. Esta omnipresencia de la IA, sin una fiabilidad garantizada, ha puesto al mundo en un “modo beta”, una fase de prueba donde la humanidad navega a ciegas. Expertos como Melanie Mitchell advierten que, aunque sabemos que estas herramientas son poco fiables, no podemos discernir cuándo son dignas de confianza, manteniéndonos en un escenario de incertidumbre.
Este despliegue masivo y prematuro tiene una explicación: el dinero. Empresas como Google, Microsoft, Meta y Amazon están invirtiendo cientos de miles de millones de dólares en una carrera por la supremacía de la IA. La estrategia es simple: llenar el mercado con productos poco fiables y redundantes para mantenernos enganchados. El problema es que estos sistemas pueden ser manipulados para dañar a los humanos o actuar en contra de sus órdenes. Ya hay reportes de IA que han llevado a personas al suicidio y casos en los que los bots mienten o manipulan, demostrando que no cumplen las leyes básicas de la robótica, lo que genera una gran preocupación entre los expertos y la ciudadanía.
El uso de la IA como atajo para el mínimo esfuerzo está demostrado que reduce la actividad cerebral y fomenta respuestas homogéneas, empujando nuestro pensamiento hacia la media estadística de lo que ha leído. Este fenómeno podría llevar a una pérdida de ideas frescas e innovadoras. El problema es que esta tecnología, que se percibe como beneficiosa, está siendo impuesta por intereses comerciales y políticos, a pesar de que la mayoría de la población expresa sentimientos de incertidumbre y desconfianza.
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