La paz 

Redacción Antonio Gamboa  

Vivimos en sociedades que a veces confunden la paz con el silencio. Si nadie protesta, si las calles permanecen despejadas y las noticias no reportan balaceras, decimos que hay paz. Pero esa tranquilidad puede ser frágil: a veces es solo miedo administrado. Buscar la paz social exige algo más humano y difícil: construir un orden en el que la vida pueda desarrollarse con dignidad, justicia y libertad. 

Hans Kelsen definió la paz en Peace Through Law (1944) como “un estado caracterizado por la ausencia de fuerza” [1]. Esa definición jurídica sigue siendo importante porque recuerda que la violencia no puede ser el lenguaje ordinario de la convivencia. Sin embargo, es insuficiente para describir una sociedad verdaderamente pacífica. La Organización de las Naciones Unidas entiende la paz como un proceso positivo, dinámico y participativo, basado en el diálogo y la cooperación, no solo como la interrupción de un conflicto [2]. 

Alfons Banda aportó una formulación especialmente útil para pensar la paz social: la aspiración a vivir la propia vida y la de las comunidades de pertenencia en una atmósfera razonable de tranquilidad y bienestar que permita desarrollar las capacidades de las personas [3]. La paz, por tanto, no es un estado que un gobierno pueda decretar. Es un bienestar construido por instituciones legítimas, comunidades organizadas y ciudadanos capaces de cooperar para el bien común. 

Johan Galtung ayudó a ordenar esta idea. En su investigación sobre violencia y paz distinguió entre paz negativa y paz positiva [4]. La primera es la ausencia de violencia directa: que no haya guerras, asesinatos ni agresiones. Es indispensable, pero no basta. La paz positiva exige reducir la violencia estructural, aquella que se reproduce cuando el acceso a la educación, la salud, la justicia, la seguridad o las oportunidades depende del origen social. En ese sentido, una sociedad puede tener menos enfrentamientos visibles y seguir generando sufrimiento silencioso. 

La paz positiva no es idealismo. El trabajo de Elinor Ostrom mostró que, en determinadas condiciones, algunas comunidades pueden gestionar de manera duradera bienes comunes mediante reglas locales, participación, vigilancia, mecanismos de resolución de conflictos y confianza [5]. Su investigación no demuestra que toda comunidad coopere automáticamente ni que la cooperación prescinda de sanciones ni del reconocimiento del Estado. Sí, demuestra algo decisivo: la convivencia puede organizarse desde abajo cuando las personas participan en las reglas que las rigen y perciben que los beneficios y las responsabilidades se distribuyen con justicia. 

La experiencia de México confirma la necesidad de esa mirada amplia. La reducción de homicidios, por sí sola, no resuelve la impunidad, la desigualdad, la exclusión, la desaparición de personas, la deserción escolar ni la violencia contra las mujeres. La seguridad debe proteger los derechos humanos y atender a las víctimas. La justicia debe ser accesible y oportuna. Las escuelas deben retener y formar, no expulsar. El desarrollo urbano debe conectar a las comunidades en lugar de segregarlas. La paz social se vuelve real cuando las instituciones dejan de ser una promesa abstracta y se convierten en una experiencia cotidiana de protección y respeto. 

Martin Luther King Jr. expresó esta exigencia con claridad: “La verdadera paz no es meramente la ausencia de tensión; es la presencia de justicia” [6]. En su Carta desde la cárcel de Birmingham, explicó que la paz negativa (la ausencia de tensión) puede ser preferida por quienes desean conservar un orden injusto, mientras que la paz positiva requiere justicia. También dejó una advertencia de alcance universal: “La injusticia en cualquier lugar es una amenaza para la justicia en todas partes” [6]. Exigir justicia, sin embargo, no significa reproducir la venganza. Significa impedir que el daño se convierta en una regla de convivencia. 

La paz también necesita comprensión. Einstein sostuvo que la paz no puede conservarse por la fuerza, sino que debe alcanzarse mediante la comprensión. Hannah Arendt, por su parte, explicó que el poder surge cuando las personas se reúnen y actúan de manera concertada. Ambas ideas pueden leerse como una invitación a desconfiar del caudillismo: ningún líder puede sustituir la acción cívica constante. La paz social se practica cuando la ciudadanía escucha antes de etiquetar, debate sin deshumanizar y participa en las decisiones que afectan su vida. 

La literatura nos ayuda a reconocer esa responsabilidad. En Guerra y paz, Tolstói cuestiona la pretensión de los grandes hombres de explicar y controlar por sí solos la historia. Su crítica nos invita a aceptar los límites de nuestras certezas. Octavio Paz, en El laberinto de la soledad, presenta al mexicano como un ser protegido por máscaras y situado en una tensión entre soledad y comunión. Leer esa tensión no como destino, sino como un problema compartido, puede abrir espacio para el diálogo y la confianza. 

Gandhi convirtió la no violencia en un método. Explicó el término satyagraha como la adhesión a la verdad o “fuerza de la verdad” [7]. La frase “ojo por ojo y el mundo entero acabará ciego” se le atribuye popularmente, aunque su origen no está documentado de manera concluyente; aun así, expresa una intuición moral que merece ser discutida: la represalia ilimitada no restaura la justicia, sino que multiplica el daño. 

En México, esta tarea puede organizarse en tres niveles. En el nivel directo, hay que reducir la violencia visible mediante la seguridad profesional, la inteligencia, la prevención, el desarme y la atención integral a las víctimas. En el nivel estructural, hay que combatir las condiciones que normalizan el abandono: empleo digno, educación, salud, vivienda, justicia y oportunidades. En el nivel cultural, hay que transformar las narrativas que celebran la humillación, el racismo, la misoginia o la eliminación del adversario. La Constitución de la UNESCO lo resume así: “Puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz” [8]. 

A esa arquitectura debe añadirse una ética cívica. San Agustín definió la paz como la tranquilidad del orden; Tomás de Aquino retomó y explicó dicha definición [9]. El orden, sin embargo, no puede confundirse con la obediencia ciega. Debe ser un orden justo, en el que las personas tengan voz y sus derechos sean protegidos. Benito Juárez lo expresó en 1867: “Que el pueblo y el Gobierno respeten los derechos de todos. Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz” [10]. 

Buscar la paz social no es esperar a que el gobierno la decrete ni exigir que el otro cambie primero. Es construir acuerdos verificables, repartir responsabilidades, escuchar el dolor de las víctimas y sostener instituciones que no humillen a nadie. Desde esta perspectiva, propongo entender la paz no como silencio, sino como una tarea pública: una sociedad está en paz cuando nadie necesita recurrir a la violencia para ser escuchado y cuando la justicia hace posible que las diferencias se tramiten sin destruir la convivencia. Ese es el concepto de paz que México necesita convertir en cultura, política y práctica cotidiana. 

Mtro. Antonio Horacio Gamboa Chabbán 

Presidente del Colegio de Abogados de América Latina COTAL, A.C. 

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