Estados Unidos rompe con el pasado y abraza el realismo sin filtros

Redacción: Arely Negrete

Trump no llegó para arreglar el orden mundial, llegó para desmantelarlo y armar uno nuevo a su medida. Ya no se trata de ideales, se trata de aranceles, energía y cuentas claras.

La política exterior de la segunda administración de Donald Trump no es solo una continuación de su primer mandato; es una redefinición drástica de las reglas del juego. Según el análisis del historiador y politólogo Alfonso Goizueta para Mirada 21, estamos ante un cambio de paradigma donde el idealismo democrático ha sido desplazado por un crudo realismo transaccional. 

En este nuevo escenario, las alianzas no se basan en valores compartidos, sino en beneficios tangibles e inmediatos para los intereses de America First. Uno de los puntos más reveladores del enfoque actual es la postura hacia Venezuela. Mientras que en el pasado la narrativa estadounidense se centraba en la restauración de la democracia, la administración Trump ha mostrado una jerarquía de prioridades distinta. 

Goizueta señala que el objetivo primordial ha sido el control del petróleo pesado, vital para las refinerías del sur de Estados Unidos. Sorprendentemente, figuras como Delcy Rodríguez han emergido en la narrativa geopolítica como interlocutoras potencialmente más eficaces que los líderes de la oposición tradicional, siempre y cuando faciliten el flujo energético. 

La democracia, en este esquema, ha pasado a un segundo plano, evidenciando que para Washington, la estabilidad operativa es más valiosa que la pureza ideológica. Si en Venezuela el motor es el pragmatismo energético, en Irán la política es personal e histórica. Trump ha mantenido una hostilidad constante hacia Teherán desde la crisis de los rehenes de 1980, viéndolo como el principal desestabilizador de la región y un humillador sistemático de la dignidad estadounidense. 

La estrategia actual combina tres ejes explosivos que incluyen la presión militar y sanciones económicas sin precedentes para asfixiar el programa nuclear, el impulso del movimiento MAGA que ve en esta confrontación una lucha de valores, y la sintonía absoluta con el gobierno israelí de Benjamin Netanyahu, quien es el principal beneficiario de una escalada bélica que ni los países del Golfo ni la opinión pública estadounidense parecen desear.

La retirada de Estados Unidos de organismos internacionales, incluyendo su salida de 66 organizaciones a principios de 2026, marca el fin de la era del multilateralismo. Trump percibe el orden internacional de la posguerra no como un sistema de protección, sino como una red de restricciones que impide a Estados Unidos ejercer su poder económico y militar de forma soberana. 

Al abandonar el papel de ancla institucional, el mundo se encamina hacia una fragmentación donde el poder se mide por la capacidad de imponer aranceles y la fuerza bruta. Esta política de disruptor ha erosionado la confianza de los aliados tradicionales en Europa, obligándolos a buscar su propia autonomía estratégica ante un Washington que ya no garantiza la defensa colectiva si no hay un pago o beneficio directo de por medio. 

El orden internacional ya no es solo una estructura fija, sino que se trata de un tablero fluido y bastante peligroso. La política exterior de Trump ha demostrado que el siglo americano ha mutado en una era de transacciones individuales, donde la lealtad es solamente temporal y el interés nacional se convierte en la única brújula permitida.

¿Te gustó nuestra nota? ¡Contáctanos y deja tu comentario! AQUÍ

Conoce nuestra red ANCOP Network AQUÍ

Post Views168 Total Count

Entradas relacionadas