Redacción: Grecia Rodríguez
El precio de la gasolina volvió a sacudir la economía estadounidense en marzo y llevó la inflación a su nivel más alto en dos años. El aumento, que va de la mano con el conflicto con Irán y la tensión en el estrecho de Ormuz, ha complicado los planes de la Reserva Federal y ha puesto presión política sobre la Casa Blanca. Según el Departamento de Trabajo, los precios al consumidor subieron 3.3 % respecto al año pasado, frente al 2.4 % de febrero. En comparación con el mes anterior, el aumento fue de 0.9 %, el mayor en casi cuatro años. El golpe más fuerte lo sienten las familias de ingresos bajos y medios, que ven cómo llenar el tanque se convierte en un gasto que resta dinero para alimentos, renta y más.
Aunque los precios ocultos que excluyen energía y alimentos apenas subieron 0.2 % en marzo, el encarecimiento del combustible amenaza con extenderse a otros productos. Los analistas advierten que abril podría traer más aumentos, aunque creen que el impacto será más corto que el vivido en 2022 tras la invasión rusa a Ucrania.
El efecto ya se nota en la cadena de alimentos: el diésel más caro encarece el transporte y podría presionar los precios de la comida, que en marzo bajaron ligeramente. Andy Harig, de la asociación de supermercados FMI, explicó que la energía más cara repercute en toda la producción y distribución de alimentos.
Otros sectores muestran variaciones diferentes: la ropa subió 1 % en marzo, mientras que los autos usados bajaron 0.4 %. En promedio, la gasolina alcanzó 4.15 dólares por galón, un aumento cercano al 40 % desde el inicio de la guerra. Este nivel no solo afecta los bolsillos, sino que también daña la confianza del consumidor y el ánimo político, un factor clave rumbo a las elecciones legislativas del próximo año.
La Reserva Federal enfrenta un problema: subir las tasas para contener la inflación o recortarlas si el gasto de los consumidores se desploma y el desempleo aumenta. Por ahora, todo apunta a que los recortes se pospondrán. Alan Detmeister, economista de UBS, recordó que, a diferencia de 2021 y 2022, hoy no existe un fuerte crecimiento de ingresos ni cheques de estímulo que sostengan la demanda. El mercado laboral se ve más débil y las empresas no están presionadas para ofrecer grandes aumentos salariales.
La situación recuerda más a lo ocurrido en 1990-1991, cuando el aumento del petróleo tras la invasión de Kuwait encareció la gasolina sin provocar un salto inflacionario desmedido. El desenlace dependerá de cuánto dure la tensión en Medio Oriente y de si los precios del crudo logran estabilizarse. Mientras tanto, millones de estadounidenses ajustan sus presupuestos y esperan que el golpe en las bombas de gasolina no se convierta en un problema prolongado para toda la economía.

