Redacción Daniel Lee
El Grito de Independencia de este 2026 tuvo un significado que fue mucho más allá de la celebración patriótica. En Estados Unidos, la bandera mexicana apareció también como una declaración de pertenencia en comunidades sometidas a un clima migratorio cada vez más intimidante.
La diferencia entre ciudades donde el “¡Viva México!” resonó con fuerza y lugares donde la celebración fue cancelada por temor a operativos migratorios revela una realidad incómoda: para millones de mexicanos, celebrar su identidad también puede convertirse en un acto de resistencia. En algunos lugares, en definitiva un acto de desafío frente al creciente temor provocado por las políticas antimigrantes.
Mientras en Nueva York, Chicago, Los Ángeles, Washington y otras ciudades miles de mexicanos salieron a celebrar, en Passaic, Nueva Jersey, la tradicional ceremonia del 15 de septiembre fue suspendida ante el temor de exponer a la comunidad a operativos migratorios. La diferencia no es menor: mientras unos pudieron gritar su identidad en las calles, otros tuvieron que preguntarse si hacerlo implicaba correr un riesgo.
Ese contraste resume una realidad que no puede ocultarse detrás de los mariachis, las banderas y los fuegos artificiales.
En Nueva York, el Grito adquirió una fuerza especial. En Sunset Park, Brooklyn, miles de personas acompañaron la ceremonia encabezada por el cónsul general Marcos Bucio, con la presencia del embajador de México ante la ONU, Héctor Vasconcelos, y del alcalde Zohran Mamdani.
La comunidad recibió al alcalde con una consigna que sintetizó el ambiente de la noche: “Mamdani, hermano, ahora eres mexicano”. Él respondió hablando de “PueblaYork” y reconociendo la contribución de generaciones de mexicanos a la construcción de la ciudad.
Su mensaje fue directo para quienes viven hoy bajo incertidumbre migratoria: “ustedes están en casa”. También afirmó que clínicas, escuelas y albergues permanecerán abiertos sin importar la condición migratoria.
Más allá de la política local, esas palabras tuvieron un significado evidente. Para miles de mexicanos, Estados Unidos no es solamente el país donde trabajan: es el lugar donde nacieron sus hijos, construyeron sus negocios, formaron sus familias y echaron raíces.
La mexicanidad dejó hace mucho tiempo de ser exclusivamente una cuestión geográfica.
Está en los barrios de Nueva York y Chicago, en los restaurantes de Los Ángeles, en los hospitales, talleres, campos, universidades y pequeños comercios de todo el país. Está en las nuevas generaciones que crecieron en Estados Unidos, pero mantienen vínculos culturales, familiares y económicos con México.
Por eso el “Aquí estamos” que acompañó algunos festejos tuvo una dimensión distinta.
No fue únicamente nostalgia por el país de origen. Fue la afirmación de una comunidad que reclama ser reconocida como parte de la sociedad estadounidense sin tener que renunciar a su identidad.
Chicago, Los Ángeles, Las Vegas, Phoenix, Houston, Miami, San Francisco, Filadelfia, San Diego y El Paso también fueron escenario de celebraciones. En algunos casos, gobernadores y alcaldes participaron directamente en los actos y compartieron las calles con las comunidades mexicanas.
En Washington, el embajador Roberto Lazzeri Montaño incluyó por primera vez a los migrantes entre sus vivas y llamó a construir una “Norteamérica unida y humanista”.
Al otro lado de la relación bilateral, el secretario de Estado Marco Rubio felicitó a México por su independencia y destacó la cooperación entre ambos países, aunque su mensaje estuvo acompañado de referencias a seguridad, narcoterrorismo y combate a organizaciones criminales.
Dos discursos distintos frente a una misma realidad: la relación entre México y Estados Unidos no puede entenderse sin los millones de mexicanos y mexicoamericanos que diariamente conectan a ambos países.
Pero el episodio de Passaic obliga a mirar la otra cara. Cuando una comunidad decide cancelar una celebración nacional por temor a la autoridad migratoria, la consecuencia trasciende la fiesta. Significa que el miedo puede comenzar a modificar la vida pública, las actividades comunitarias y hasta la manera en que las personas expresan su identidad.
El Empire State Building iluminado con los colores de la bandera mexicana fue, durante unas horas, una postal imposible de ignorar. Pero quizá la imagen más poderosa no estuvo en el rascacielos, sino abajo, en las calles: familias ondeando banderas, trabajadores, jóvenes, comerciantes, músicos y comunidades enteras recordando que su historia también forma parte de la historia estadounidense.
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