Redacción Daniel Lee
La migración mexicana ya cambió a Estados Unidos. Ahora también está transformando la manera en que México entiende a su propia comunidad al otro lado de la frontera.
Hoy existe un contraste que retrata con claridad la transformación de la comunidad mexicana en Estados Unidos: cuanto mayor es su arraigo, más evidente resulta el pendiente de la ciudadanía.
En 2024, alrededor de 34% de los inmigrantes mexicanos eran ciudadanos estadounidenses, frente a 51% del conjunto de los inmigrantes. La diferencia revela una realidad que suele quedar fuera del debate migratorio: millones de mexicanos llevan años construyendo su vida en Estados Unidos, pero todavía no cuentan con la ciudadanía que les permite ejercer plenamente todos sus derechos políticos.
No se trata, en buena medida, de recién llegados. Una proporción importante de los inmigrantes mexicanos tiene largos periodos de residencia en ese país. Han trabajado, formado familias, comprado viviendas, abierto negocios y construido comunidades. Sus hijos y nietos, en muchos casos, ya nacieron y crecieron en Estados Unidos.
El arraigo existe. Lo que no siempre existe es la ciudadanía.
Las razones son diversas. Naturalizarse requiere cumplir determinados requisitos, reunir documentación, pagar una tarifa, presentar una solicitud y acreditar conocimientos de inglés y civismo. Para algunos residentes, las barreras económicas, educativas o administrativas hacen que el proceso se posponga durante años.
También hay una dimensión personal. Después de décadas de vida en Estados Unidos, algunos consideran suficiente la residencia permanente; otros encuentran en la naturalización una forma de consolidar jurídicamente una vida que ya transcurre en ese país.
Pero hay algo fundamental que debe quedar claro: adquirir la ciudadanía estadounidense no significa abandonar la identidad mexicana.
La realidad de millones de personas demuestra que ambas pertenencias pueden coexistir. Pueden ser ciudadanos estadounidenses, participar plenamente en su sociedad, conservar el español, mantener tradiciones, visitar México, apoyar a familiares e incluso invertir en sus comunidades de origen.
Es una nueva realidad binacional que obliga a superar la vieja idea del migrante como alguien que simplemente salió de México para establecerse en otro lugar.
Además, México continúa siendo una de las principales fuentes de nuevos ciudadanos naturalizados en Estados Unidos. Esto significa que, mientras una gran población mexicana permanece sin naturalizarse, otra parte avanza cada año hacia la ciudadanía estadounidense.
La comunidad, por tanto, no está estática. Está cambiando generacionalmente y también en su relación con ambos países.
Y la diferencia entre residencia y ciudadanía no es menor.
Un residente permanente puede vivir y trabajar legalmente en Estados Unidos, pero la ciudadanía incorpora derechos adicionales, entre ellos votar en elecciones federales, obtener un pasaporte estadounidense y contar con mayores protecciones frente a determinadas consecuencias migratorias.
Por eso, la naturalización no es solamente un trámite migratorio: es el paso hacia una participación cívica plena.
Esta cuestión adquiere especial relevancia porque la comunidad mexicana ya tiene una presencia económica, laboral y social imposible de ignorar. Sus integrantes participan en industrias esenciales, crean empresas, estudian, organizan comunidades, forman sindicatos y ocupan espacios cada vez más visibles en la vida pública.
Sin embargo, esa influencia social no se traduce automáticamente en capacidad política.
La pregunta, entonces, ya no puede limitarse a cuántos mexicanos viven en Estados Unidos o cuánto aportan a su economía. También debe plantearse cuántos tienen la ciudadanía necesaria para participar directamente en las decisiones electorales y políticas del país donde han construido su vida.
Ese es uno de los grandes pendientes.
Durante años, la conversación sobre los mexicanos en Estados Unidos estuvo dominada por la migración irregular, las deportaciones, el cruce fronterizo y las remesas. Son temas fundamentales, pero insuficientes para explicar a una comunidad que ha cambiado profundamente.
Hoy existe una población mexicana que no puede definirse solamente como migrante.
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