Redacción Amairany Ramírez
Cada año, al caer la noche del 15 de septiembre, el Zócalo de la Ciudad de México y miles de plazas a lo largo del país se transforman en un hervidero de color, música y fervor patrio. El presidente de la República en turno sale al balcón principal de Palacio Nacional, repica la mítica Campana de Dolores y pronuncia las tradicionales arengas para homenajear a los héroes que dieron patria a la nación. Sin embargo, detrás de la pirotecnia y el júbilo popular existe un detalle cronológico intrigante: el acontecimiento histórico que dio inicio a la gesta libertaria no ocurrió durante la velada del 15, sino en las primeras horas de la madrugada del 16 de septiembre de 1810.
Una insurrección adelantada por la delación
La conspiración insurgente impulsada contra el Virreinato de Nueva España pretendía estallar originalmente a principios de octubre de 1810. No obstante, el 13 de septiembre los planes de los sublevados fueron descubiertos por las autoridades realistas a causa de un infiltrado. Gracias al aviso urgente de Doña María Josefa Crescencia Ortiz Téllez-Girón, conocida como la Corregidora Josefa Ortiz de Domínguez, los conspiradores asentados en Querétaro y Guanajuato pudieron reaccionar a tiempo.
Al enterarse de que las aprehensiones eran inminentes, el cura Don Miguel Hidalgo y Costilla, en compañía de Ignacio Allende y Juan Aldama, decidió adelantar el levantamiento armado. Fue así como, alrededor de las 05:00 horas de la madrugada del 16 de septiembre de 1810, Hidalgo hizo sonar la campana de su parroquia en el poblado de Dolores. Frente a una multitud compuesta por campesinos y artesanos armados con herramientas de labranza y viejos fusiles, pronunció el histórico discurso en el que proclamó «Viva la América y mueran los gachupines» y vitoreó a la Virgen de Guadalupe.
Tras once años de conflicto armado, la Independencia de México se consumó el 27 de septiembre de 1821 con la entrada del Ejército Trigarante a la capital, aunque la Corona española tardaría 15 años más en reconocer oficialmente la soberanía del país. La conmemoración de la gesta libertaria comenzó tempranamente: en 1812, Ignacio López Rayón celebró la fecha por primera vez, y en 1813 José María Morelos y Pavón formalizó en los Sentimientos de la Nación la petición de solemnizar cada 16 de septiembre. En 1825, bajo el mandato del primer presidente de México, Guadalupe Victoria, el 16 de septiembre quedó establecido de manera oficial como la fiesta nacional por excelencia.
¿Cómo nació entonces la costumbre de celebrar desde la noche anterior? La respuesta reside en la evolución de las tradiciones festivas del siglo XIX. Registros históricos indican que desde la década de 1840 la ciudadanía comenzó a organizar serenatas, paseos musicales, festines comunitarios y fuegos artificiales durante las últimas horas del 15 de septiembre como víspera del aniversario patrio. Con el paso de los decenios, la noche del 15 se consolidó como el momento cumbre del festejo popular, mientras que la jornada del 16 se reservó para los ceremoniales de estado y el tradicional desfile militar.
Existe una versión ampliamente difundida que afirma que el presidente Porfirio Díaz trasladó arbitrariamente la ceremonia del Grito a la noche del 15 de septiembre para hacerla coincidir con el día de su cumpleaños. Aunque los historiadores aclaran que los festejos nocturnos ya existían previamente, el Porfiriato sí tuvo una influencia determinante en la estructuración moderna del acto oficial.
En 1885 la ceremonia gubernamental se fijó formalmente la noche del 15, y en 1896 Porfirio Díaz ordenó trasladar la campana original utilizada por Hidalgo desde la parroquia de Dolores hasta el balcón central de Palacio Nacional. Desde aquel momento, el jefe del Ejecutivo instauró la tradición de repicar el instrumento sagrado y dirigir la arenga patria hacia la plaza del Zócalo.
Así, entre ritos cívicos, mitos populares y el estruendo de los juegos pirotécnicos, el 15 y el 16 de septiembre se entrelazan como el corazón vivo de las Fiestas Patrias.

