Paisanos como invasores en EU, nada que ver

Redacción: Daniel Lee  

Ciudad de México 22 Octubre 2025.- Durante décadas, Washington ha oscilado entre la ceguera y la conveniencia. Criminaliza al migrante cuando le conviene políticamente, pero depende de su trabajo para mantener en pie los cimientos de su economía 

Los indocumentados no son “ilegales”. Son la mano que siembra, construye y alimenta un país que los llama fantasmas mientras lo cierto es que depende de ellos.   

Y voy mas allá. Hay una paradoja que define a los Estados Unidos porque esta es una nación construida por migrantes, pero obsesionada con negarles legitimidad.  

Pero aquí viene los mas relevante. De acuerdo con el más reciente  informe del Migration Policy Institute (MPI) éste destapa una verdad incómoda que desmonta mitos y desnuda hipocresías.  

De los 13.7 millones de migrantes indocumentados que hoy viven en el vecino país, más de cinco millones son mexicanos. Casi la mitad lleva más de veinte años residiendo ahí, uno de cada tres posee su propia casa, y el 15% ha egresado de una universidad. Difícilmente encajan en el estereotipo del “invasor” o el “criminal” que por años ha vendido la retórica populista. 

El hallazgo más contundente no es el número, sino la historia que los datos cuentan: los indocumentados ya no son recién llegados, sino habitantes de largo aliento. Son padres y madres que trabajan, pagan impuestos, forman comunidades, y sin embargo permanecen atrapados en la categoría más ambigua del sistema estadounidense: ser esenciales sin ser reconocidos. 

Basta mirar los sectores donde los indocumentados son mayoría: construcción, servicios alimentarios, limpieza, jardinería y agricultura. En otras palabras, la infraestructura invisible del llamado “sueño americano”**. Sin esas manos, el país se paralizaría. 

Mientras tanto, en México se reproduce el círculo vicioso. La violencia y la inestabilidad económica siguen empujando a miles a cruzar la frontera. El informe del MPI advierte que, tras años de descenso, la migración mexicana irregular repuntó en 2022 y 2023. No se trata de una ola espontánea, sino de la consecuencia directa de un país que no ofrece condiciones de seguridad ni de empleo digno. La migración no es la enfermedad: es el síntoma de un Estado que expulsa a su gente. 

Sin embargo, la narrativa dominante insiste en ver a los migrantes como problema, no como resultado. Políticos, tanto en Washington como en Ciudad de México, prefieren el discurso del control fronterizo a la autocrítica estructural.  

Pero los datos son claros: la mitad de la población indocumentada vive en solo cuatro estados —California, Texas, Florida y Nueva York—, y muchos de ellos comparten hogar con ciudadanos estadounidenses. Es decir, la frontera ya no está en el mapa, sino en la mente de quienes se niegan a aceptar la integración social que ya ocurrió. 

Es hora de reconocer que la ilegalidad no está en quienes cruzan la frontera, sino en el sistema que se alimenta de su trabajo y luego les niega el derecho a existir plenamente. Estados Unidos no enfrenta una invasión, enfrenta su propio reflejo: un país que se proclama defensor de la libertad, pero que se sostiene gracias a la invisibilidad de millones. 

Y México, por su parte, tampoco puede seguir jugando al observador. Cada migrante que parte es un voto de desconfianza hacia su propio gobierno. La verdadera crisis no está en la frontera, sino en la indiferencia institucional que la provoca. Es claro que para Andrés Manuel Lopez Obrador poco y nada le importó la suerte de nuestros paisanos; se manejó entre la indiferencia y la indolencia, y hoy en la actual administración de Claudia Sheinbaum tampoco son  prioridad, solo son un tema electorero y clientelar. Llamarlos “héroes” solo es una narrativa mas que hipócrita. Así las cosas… 

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