Redacción: Arely Negrete
Una exposición en el Museo Nacional de San Carlos reúne más de 130 piezas que documentan la vanguardia femenina en el México posrevolucionario. El recorrido abarca desde retratos intervenidos al óleo hasta el legado del estudio Photo Chic, destacando la estética de la mujer moderna y la democratización del retrato de estudio en la CDMX.
Hay exposiciones que funcionan como actos de justicia, y la que acaba de abrir sus puertas en el Museo Nacional de San Carlos es, sin duda, una de ellas. Bajo el título Catalina Guzmán Photo Chic, el recinto de la Tabacalera no solo cuelga fotografías en sus muros; inaugura un portal a la sofisticación de un México que empezaba a reconocerse en el espejo de la modernidad.
Recorrer las salas de esta muestra es encontrarse con una mirada que fue silenciada por el peso de los nombres masculinos de su época. La apertura de esta exposición marca un hito, pues es la primera vez que se despliega con tal magnitud el archivo de una mujer que, desde su estudio en la calle de Madero, dictó las reglas de la elegancia visual entre 1923 y 1942.
Lo que el visitante encuentra al cruzar el umbral del museo es un despliegue de más de 130 piezas que desafían la idea de que la fotografía es un arte puramente mecánico. La curaduría ha logrado que el espectador sienta la atmósfera del estudio Photo Chic. No es una colección estática; es un diálogo entre la técnica de la plata sobre gelatina y la delicadeza del óleo.
El montaje destaca por su capacidad de sumergirnos en la psicología de la época. En las paredes de San Carlos, los rostros de las mujeres de los años 20 y 30 con sus peinados bob y miradas desafiantes parecen observar al público actual con una complicidad asombrosa. Guzmán no solo las retrataba; las construía como iconos de una nueva era.
La relevancia de esta apertura radica en lo inédito; gran parte del material que hoy se exhibe había permanecido guardado, lejos del escrutinio público. La exposición se divide en núcleos que permiten entender cómo Catalina pintaba con luz, el estudio de Guzmán no era exclusivo para la alta sociedad; ella permitió que la clase media emergente se viera a sí misma con la dignidad de las estrellas de cine.
Se pueden observar de cerca los negativos y copias donde la artista aplicaba pigmentos a mano, una labor artesanal que hoy, en la era de los filtros digitales, se siente casi alquímica. Desde la ternura de la niñez hasta el rigor de los intelectuales de la posrevolución, la muestra abarca todo el espectro humano.
Esta exposición, que permanecerá abierta hasta el 26 de julio de 2026, es una invitación a redescubrir nuestra propia historia. Al caminar por el Museo de San Carlos, queda claro que la modernidad mexicana no solo se escribió con murales monumentales, sino también con el clic de una cámara y el trazo fino de un pincel sobre una fotografía.
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