Redacción: Michelle Velázquez Belmont
Descubre la exposición de Sofía Bassi en CDMX. Un recorrido por su obra surrealista, los cuentos de hadas que pintó en prisión y su legado en el arte mexicano.
La chispa que encendió la mayor retrospectiva dedicada a Sofía Bassi surgió de un instante de reconocimiento visual. Fue un retrato capturado por la lente de Kati Horna el que cautivó a la galerista Georgina Pounds, quien al observar la imagen de la pintora veracruzana percibió a un personaje magnético, una mujer con la que el diálogo parecía una promesa de ingenio y profundidad.
Este encuentro estético devino en una ambiciosa exhibición de más de sesenta piezas en la Ciudad de Roma, marcando un hito en la difusión de una creadora que, a pesar de su prolífica producción, ha permanecido en los márgenes de los grandes circuitos internacionales.
La labor de rescate no fue un esfuerzo solitario. Pounds colaboró estrechamente con Teresa Trouyet, nuera de la artista y guardiana de su legado a través de una fundación dedicada a su memoria. Trouyet, conocedora íntima de la cosmogonía de Bassi, aportó su experiencia curatorial para articular una muestra que no se limita a la cronología, sino que explora la esencia emocional de la pintora.
El objetivo de este proyecto es contundente: proyectar la obra de Bassi hacia los museos más prestigiosos del mundo, otorgándole el sitio que le corresponde dentro de la vanguardia mexicana, aunque su estilo guarde distancias notables con figuras canónicas como Remedios Varo o Leonora Carrington.
A diferencia de la complejidad hermética de otras surrealistas, el pincel de Bassi se distingue por una transparencia onírica. Para Pounds, su arte emana una pureza que roza lo naif, una especie de frescura juvenil que persistió incluso tras atravesar episodios de profunda oscuridad.
Mientras que sus contemporáneas se sumergían en simbolismos esotéricos, Bassi traducía directamente sus sueños, memorias familiares y afectos. Esta honestidad pictórica permitió que su trabajo conservara una suavidad melancólica, un refugio de inocencia que parece contradecir el trauma vivido durante su encierro a finales de los años sesenta.
El periodo de reclusión en Acapulco, derivado de un trágico suceso familiar, lejos de extinguir su creatividad, la convirtió en un ícono de resiliencia. En el interior del penal, Bassi produjo centenares de cuadros marcados con las siglas que recordaban su cautiverio, y colaboró con grandes maestros de la época para erigir un mural que hoy es patrimonio municipal. Aquel tiempo de aislamiento consolidó su identidad artística, transformando el dolor en una narrativa de castillos, unicornios y paisajes que oscilan entre el cuento de hadas y la inquietud de la pesadilla.
La exposición actual recorre estos mundos a través de temas como la maternidad, el autorretrato (donde destaca su vínculo con figuras como María Félix) y visiones de mares turbulentos. Una pieza inédita, el Ovosarcófago, revela la dimensión casi mística de su entrega: un espacio ovalado donde pasó una década pintando un cosmos infinito de astros.
Originaria de Veracruz y formada de manera autodidacta tras abandonar estudios de filosofía, Sofía Bassi emerge hoy, en un contexto de renovado fervor por el surrealismo mexicano, como una voz singular. Su universo, resguardado en la Galería Georgina Pounds, invita a redescubrir a una mujer que supo transformar las paredes de una celda y los límites de un huevo de madera en portales hacia la libertad absoluta del espíritu.
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